Estamos con los pueblos indígenas

La Idiotez de Hildebrandt

Publicado: 2020-07-04

Todos somos idiotas, de una forma u otra. Para Gilles Deleuze, el idiota es una persona que nunca llega a ser absorbida dentro del sistema, ya que su idiotez misma se lo impide. La idiotez, para Deleuze, es la cualidad por la cual el idiota puede resistir todo sistema hegemónico. De esta manera, el hecho mismo que el idiota deambule en la vida sin rumbo alguno transgrede el deseo hegemónico por estandarizar la existencia humana. Por ejemplo, el gran filosofo Tales de Mileto era un idiota reconocido entre su comunidad, cuya pasión por contemplar el cielo mientras caminaba hizo que un día cayera a un pozo. Que decir del gran Leonardo Da Vinci, cuyo deseo por explorar múltiples aspectos del mundo le impidió completar muchas de sus obras y proyectos. Pero hay ‘idiotas’ y hay idiotas.

En Hildebrandt y sus trece publicado el viernes 3 de Julio del 2020, Hildebrandt escribió una columna llamada Urge una revolución, en la cual él nos recuerda de otro gran idiota en nuestra historia, Carlos Marx. Hildebrandt describe a Marx como un hombre, “divinizado por la idiotez aunque era tan humano que se acostaba con su sirvienta, imaginó una epopeya proletaria que acabara con el abuso de la burguesía y barriera con los rastros de la aristocracia.” Sin embargo, a mi parecer Hildebrandt utiliza la idiotez de una forma peyorativa, como describiendo un mal cognitivo o un abstracto pensamiento alienígena.

Irónicamente, el materialismo Marxista es lo menos idiota dentro de todas las idioteces idealistas antes propuestas. Esta era su critica al pensamiento Hegeliano, el cual culminaba con el “conocimiento absoluto.” La celebre undécima tesis de Marx sobre Feuerbach atestigua lo ya antes dicho, “Los filósofos no han hecho más que interpretar de diversos modos el mundo, pero de lo que se trata es de transformarlo.” Era claro que Marx no era de esos idiotas que andaba pensando sobre las abstracciones del universo, ya que para Marx estos pensamientos idealistas no hacían más que preservar el statu quo. Lo que Marx realmente indagaba, era sobre las relaciones empíricas por la cuales las personas interactúan entre si, y como éstas interacciones mantiene un modo de producción (la producción capitalista). De esta forma, la propuesta revolucionaria marxista se basaba en la superación del modo de producción capitalista, algo que ninguna revolución acuñada con el nombre de ‘marxista’ llego a concretar.

Digo todo esto no para defender a Marx (una critica constructiva siempre es bien recibida), sino para localizar el discurso ideológico por el cual Hildebrandt en su columna hace un llamado a hacer una revolución sin revolución. Mantiene que lo que él propone no es una revolución socialista, ya que están destinadas al baño de sangre y al totalitarismo orwelliano. Hildebrandt quiere una revolución modesta donde el pueblo pueda librarse de las prohibiciones ideológicas que truncan nuestro razonamiento crítico. Algo cierto tiene el gran César Hildebrandt, su revolución es modesta, demasiado modesta diría yo para ser llamada revolución. Su propuesta anti-dictatorial, de un mundo sin prohibiciones, no es nada más que la reafirmación de la ideología (neo)liberal en su cúspide, donde el sujeto aparentemente tiene la libertad de decidir sin tener que responsabilizar al sistema que predetermina las opciones a escoger (el pobre decidió ser pobre y el rico decidió ser rico). En ningún momento, mientras leemos este texto nos topamos con una critica al capitalismo. Lo único que Hildebrandt estipula como revolución es una moralización de la política—algo que hasta el Santísimo Papa estaría de acuerdo. Una moralización de la política que no fue extraña a como Stalin gobernó, a través de idealizar con un tono populista al proletariado contra los malvados burgueses de occidente. Lo que tienen estas opuestas perspectivas en común, es que ninguna desea cambiar los modos de producción capitalista.

Hildebrandt tiene como ilusión post-pandémica una epopeya mundial contra un enemigo salido de 1984 (el totalitarismo de Orwell) para instaurar Un Mundo Feliz sin prohibiciones (del control subliminal anticipado por Huxley). Lamentablemente para Hildebrandt, lo que realmente necesitamos son prohibiciones ‘fundamentales’ por las cuales el sistema neoliberal pueda ser reestructurado progresivamente. Tal vez pensemos igual, pero la retórica populista utilizada en su columna no nos llevará a ninguna parte, ya que antagonizar a los grandes revolucionarios socialistas (deshaciendo una distinción fundamental entre el comunismo y el fascismo) no rompe con el paradigma neoliberal. Probablemente este no sea el momento de pensar en revoluciones, tal vez desde nuestro aislamiento forzado deberíamos criticar la undécima tesis de Marx para volver a interpretar al mundo con la divina idiotez con la que Tales de Mileto cayo al pozo para luego levantarse y seguir creando su propio rumbo.


Escrito por

Luis Vega-Verástegui

Filósofo-Sociólogo-Músico-Gamer-Escritor-Lector-Cocinero-Amante-Poeta-Caminante-Animal-Humano-cuyo-inmanente-ser-no-puede-ser-demarcado


Publicado en